Antonio Rodiles entrega a Ban Ki-moon los documentos de la Campaña Por Otra Cuba

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Veinte años de impunidad

por Camilo E. Olivera

En Miami, los hijos de la generación de los balseros —la que en 1994 atravesó el cementerio marítimo del estrecho de la Florida— miran a sus padres como sobrevivientes de una pesadilla lejana en el tiempo, a 90 millas. Han transcurrido dos décadas desde aquellos días terribles en que muchos prefirieron morir en el mar antes que padecer a los Castro. En La Habana, la mala memoria y la sonrisa al verdugo se dan la mano con el terror a ritmo de “perreo” y represión.

En los brazos de la muerte

En el verano de 1993, el gobierno cubano autorizó la circulación del dólar estadounidense, por primera vez desde 1961. El precario equilibrio entre la moneda dura y el peso estalló en pedazos. La espiral inflacionaria llegó a los 150 pesos cubanos por cada dólar.

Al desabastecimiento crónico se sumó el fracaso del denominado “Plan Alimentario”, otra de las cíclicas invenciones voluntaristas y estériles de Fidel Castro. Hombres y mujeres iban al campo en busca de los suministros que el  Gobierno era incapaz de colocar en los mercados de las ciudades. Los dueños de fincas, a partir de 1993, exigían el pago de los productos en USD. No todos podían pagar en esa moneda.

La neuritis óptica —una perdida de la visión ocular por la falta de los nutrientes esenciales— afectó a quienes no podían pagar el alto precio de los alimentos. También otras enfermedades como el escorbuto, se hicieron sentir. El tentempié de muchos cubanos en esa época consistía en un pedazo de pan malo y agua con azúcar. En las prisiones, ese mismo menú le era ofrecido cada jueves a los reos como único sostén para todo el día.

En los pocos ómnibus que circulaban repletos de personas, era común ver a hombres, mujeres o niños desmayarse bajo el peso del calor y el hambre.

El verano de 1994 fue especialmente agobiante. Fidel Castro y su gabinete de gobierno reordenaban la estructura de sostenimiento de su poder y el acomodo de sus acólitos. Mientras tanto, la población sufría las consecuencias.

Las costas cubanas se convirtieron en espigones ocultos. La Isla toda, una prisión asfixiante. Escapar era la suprema aspiración de muchos.
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